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Volver a debutar en triatlón

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Habían pasado ya al menos 8 años de la última vez que me puse un dorsal, y otros tantos de los que simplemente entrenase cualquiera de las tres disciplinas del triatlón. Durante todo ese periodo, y después de un par de cambios de ciudad, no veía el encaje de la rutina de entrenamientos y su logística en mi vida diaria. Poco a poco me fui apartando de este deporte y con ello perdiendo las emociones que me dejaba. Sin embargo, una semana de verano conviviendo con uno de mis mejores amigos, y años atrás mi fiel compañero de grupeta, cambió mi forma de verlo. Él sí que había sido capaz durante todos estos años de mantenerse ligado al triatlón dentro de sus circunstancias, ya fuera en mayor o menor medida. Había que volver. Tenía que debutar.

Al volver a Madrid desde mi Málaga natal estaba decidido. Fuera como fuese iba a retomar el deporte de resistencia y tratar de derrumbar todos esos muros que me alejaban de él. «Poco a poco Kike», eso me repetía mientras salía a hacer apenas 15 minutos de cacos a las 22:00 tras salir de la oficina. Días con peor suerte tocaba entrenar a las 6:30AM y algún grado bajo cero. Cualquier sacrificio era insignificante frente a la sensación de recuperar mi mayor afición.

Tras un año y ya siendo capaz de correr con asiduidad y sin molestias, tocaba pensar en ampliar disciplinas. De esta manera me plantaba en enero de este 2024 con el corto bagaje de un par de carreras populares y una media maratón sin grandes alardes. El año nuevo iba a traerme la vuelta al triatlón. Tras apenas tres meses de entrenamientos de bicicleta, la mayoría de ellos indoor, y tan sólo 7 sesiones de piscina ahí estaba de nuevo inscrito para el Triatlón de Torre del Mar.

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La semana anterior volvieron los fantasmas, muchos de los cuales comentamos en la última entrada sobre expectativas y gestión emocional. Por contra, el aspecto positivo era mucho mayor. Era como un niño la noche de Reyes. Mi familia y mis amigos habían ido a verme, en un entorno muy cerca de donde me crié y tras haber pasado un fin de semana genial en Málaga. Por delante una distancia sprint sin drafting, para estrenar en competición la nueva ‘cabra’. Lo dicho, como un niño el 6 de enero.

Tras el ritual propio del triatlón en la preparación de material, me dirigía al cajón de salida sin tiempo de probar el agua. Una larga espera de casi 10 minutos en el cajón me traían a la mente muchos recuerdos. Los 2 años de lesión que me alejaron de entrenar allá por 2012 más todos los años de parón desde 2016 hasta hoy. El agradecimiento a los que vinieron a apoyarme y poder compartirlo con ellos. La ilusión de volver a disfrutar de una competición sin ninguna pretensión más que vivir del primer al último minuto. Los entrenamientos a deshoras y el tiempo que ‘robo’ en casa. Es fácil jugar al ‘y si’, pensando en qué hubiera pasado en multitud de escenarios en los que hubiese seguido entrenando. Sin embargo, es necesario entender que el camino recorrido hasta ahora es lo que nos ha llevado a este punto y ha moldeado quiénes somos. Alguna ola me tuvo que salpicar porque se me empañaron un poco las gafas…

Bocinazo de salida, salgo por el lado bueno para hacer la diagonal a la primera boya que me coloca según me dicen entre los 10 primeros. Lógicamente ese no era mi sitio y en el primer giro pierdo en torno a 10 posiciones. Pongo un ritmo que sé que puedo mantener hasta la orilla y los momentos malos apenas duran un instante. En cada uno de ellos me obligo a sonreír y pensar en lo agradecido que me siento por estar ahí. Acaba la natación sin más pena ni gloria tocando tierra el 25º de los 83 que tomamos la salida. Los puestos son algo meramente anecdótico y más teniendo en cuenta que esa misma prueba tiene otras dos distancias.

Corro por el pasillo humano y enseguida escucho voces y caras conocidas que me jalean. La foto es buena prueba de ello. Transición sin florituras y a subirme en mi preciada cabra mientras mi hermana corre en paralelo. Por delante 25km llanos paralelos a la costa. Mis escasos 62kg nunca han jugado a mi favor en los arranques de este segmento, pero esta vez me importaba poco. Tras perder algunas posiciones con el grupo de triatletas con los que coincidí al salir de la T1, me vengo arriba al remontar un par de puestos. El resto del ciclismo transcurre sin más sobresaltos, con un rodar exigente pero no agónico como el de pruebas con drafting. Una sensación nueva y bastante más grata.

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Llego a T2 habiéndome dejado unas 15 posiciones y deseando calzarme las zapatillas. Al salir de boxes reconozco a Álvaro, ese amigo del que os hablaba antes. Él viene de hacer el distancia olímpica y por su cara parece que se alegre más que yo de verme allí. Tras ese breve momento de euforia pongo un ritmo contenido para evaluar cómo funcionan las piernas, ya que traía el tobillo algo tocado. Me encuentro bien y subo un poco el ritmo. Empiezo a adelantar a varios triatletas que me han pasado alegres en la bici. Giro de 180º y 2km a meta. Aprieto con lo que tengo y las piernas responden para acabar fuerte los últimos metros (mi ritmo fuerte).

Recta final, arco, griterío, alfombra, reloj y caras conocidas. En la mía se dibujaba una clara sonrisa. Por fin 9 años después había vuelto al ruedo. He podido sacar una conclusión clara de estos últimos 18 meses. La competición mola mucho, pero está idealizada. Lo verdaderamente potente es levantarte cada día con dolor de patas, salir a entrenar, compartirlo con tus colegas (de grupeta o no), abrir Training Peaks los domingos por la tarde, bichear el calendario, preparar el material, hacer el plan de carrera y empaparte de revistas, vídeoresúmenes o entrevistas. Los que amamos este deporte lo vivimos a todas horas y me siento muy agradecido de disfrutarlo de nuevo. Aún más de haberlo vuelto a hacer rodeado de gente que me quiere.

Ahora toca seguir machacando y mantenerse alejado de lesiones. ¡Nos vemos en las carreras!